Confianza

18.04.2021

El verano pasado fue uno de los más aprovechados de toda mi vida. Debe ser que tras el confinamiento al que nos vimos sometido por el Covid-19, tenía ganas de moverme. Y realmente lo hice. El mes de julio lo pasé casi en su totalidad en un pueblecito de los Ancares Leoneses llamado Burbia. En mi familia estamos todos enamorados de este lugar que es pura naturaleza, un lugar en el  que los lobos aúllan por la noche y los osos saquean las colmenas. 

Durante agosto viajé a Asturias con mis hijos, disfrutando de los Picos de Europa, y también al Pirineo en busca de aventura. En este último lugar hicimos barrancos en familia aprovechando que mi hijo se dedica a los deportes de montaña de forma profesional.

Aún hice un viaje más, esta vez sola, a la parte leonesa de Picos de Europa, para visitar la Garganta del Cares desde el pueblo de Caín. Desde allí decidí bajar a la costa para pasar un par de noches cerca del mar. Pero después de pasar varios días en la montaña, la costa se me antojaba abarrotada, así que fui de camping en camping buscando alguno que cumpliera con mis expectativas de espacio y silencio. Al llegar al pueblecito cántabro de Pechón lo encontré.

Recorrí toda la costa desde Asturias hasta Pechón, yendo hacía atrás y hacía adelante durante todo el día, y finalmente terminé plantando mi tienda de campaña, en el que hay en el pueblo de una amiga, a la que en principio no tenía la intención de avisar de mi estancia en la zona.

Con esta amiga había compartido trabajo metafísico durante un tiempo, pero en este momento nos habíamos distanciado. Pero cómo se leer las señales se me hizo evidente que yo había recalado allí por algo y decidí proponerle que nos viéramos.

El día de nuestra cita amaneció cubierto pero sin lluvia, aunque según fue pasando el tiempo aquello fue a más, hasta que en el momento de nuestro reencuentro, el cielo decidió descargar todo lo que había estado conteniendo durante horas.

Cuando nos encontramos en el café en el que habíamos quedado el agua caía en forma de cortina. Al final llegaron dos bajo un exiguo paraguas y yo  ni me había puesto el chubasquero.

Estuvimos hablando un rato poniéndonos al día, pero el principal interés de mi amiga era enseñarme la reforma que había hecho en su sala de terapias. Después de más de una hora allí, seguía diluviando de forma que no podíamos ni plantearnos movernos del sitio.

En un momento dado ella dijo algo así cómo: pues vamos a tener que mojarnos.

A lo cual yo le contesté: bueno, vamos a hacer algo para que deje de llover o por lo menos que no nos mojemos tanto.

Ninguna de las tres dijo nada más, ellas dos siguieron hablando cómo si nada y yo me puse a visualizar una realidad alternativa a la tormenta que nos estaba cayendo. Imaginé el espacio infinito lleno de puntos de luz que eran las infinitas realidades posibles y centré la atención en una sola, en aquella en la que no llovía. Lo hice con fuerza durante unos minutos pero todo seguía igual, para mi desilusión. No entendía porque en esta ocasión no funcionaba lo que otras veces sí lo había hecho. Pero en un momento dado recordé la regla de oro: Confiar y soltar el resultado.

Así que eso hice, yo ya había hecho mi parte, a mi no me quedaba nada más que pudiera hacer, lo demás corría de cuenta del Todo.

Tras hacer esta reflexión y a pesar de que aún seguía diluviando con la misma intensidad, le dije a mis compañeras: ¿Nos movemos?

Y en el mismo instante en el que despagamos nuestro cuerpo del asiento, la lluvia cesó casi por completo, dejando de caer a manta para convertirse en un suave calabobos.

Mi sorpresa fue mayúscula, no me lo esperaba, pero a pesar de no esperar el resultado, obré con confianza, de forma segura, y eso generó el cambio el cambio.

Y entonces recordé que la confianza siempre siempre va primero y la confianza se demuestra cuando damos un paso adelante sin saber el resultado, sin tenerlo en la mano, es ahí, en ese salto de fe cuando el resultado aparece. Cuando se dan los recursos que necesitas para completar la acción, pero primero debemos iniciar la acción sin tener toda la información completa.

Este es el salto de fe del que hablan todos los místicos, la confianza en la acción que asegura obtener la benevolencia divina, la que provoca que se manifieste el milagro. 

La Vida es un continuo de pequeños momentos milagrosos de los que a veces, solo a veces, nos damos cuenta, y otras, las más, los damos por hecho.