El Milagro

19.04.2021

Hace unos años acudió a mi consulta una mujer muy preocupada y desesperanzada. Tenía un hijo que cursaba 5º curso de Educación Primaria. El chaval tenía un diagnostico de hiperactividad con déficit de atención, lo que llamamos TDHA. Había suspendido prácticamente todas las asignaturas y la tutora ya le había dicho que su hijo repetiría curso. Aún no había pasado la Semana Santa y el niño ya estaba sentenciado. La madre en un intento desesperado de evitar lo que para ella era una tragedia difícil de asumir buscó ayuda y acabó encontrándose conmigo.

Los problemas del niño no solo eran con respecto a los contenidos de las materias, si no que su comportamiento en el aula era valorado cómo muy disruptivo, con lo que se llevaba llamadas de atención y broncas continuamente. Algunas de ellas terminaban en partes de expulsión, con las consiguientes consecuencias sobre su rendimiento escolar.

Resumiendo, en el centro escolar habían tirado la toalla, cosa que por suerte la madre no hizo .

Cuando esta mujer me explicó el caso durante la primera sesión, lo primero que le dije fue que cuales eran sus expectativas respecto a mi trabajo, a lo que ella me contestó que no quería que su hijo repitiera curso. Yo respondí, que ya era tarde para conseguir que su hijo aprobara las asignaturas necesarias para que pasara de curso, pero que por otra parte yo creía en los milagros, y que íbamos a trabajar para conseguir uno.

Ahora bien, yo necesitaba que ella se implicara en el trabajo, así que de las consultas que fuéramos a tener una de ellas iría orientada a la madre y la otra al niño, de forma alterna. Ella acepto mi propuesta y con esto concertamos una segunda cita.

Mi planteamiento del caso se basaba en unos puntos básicos:

  • En primer lugar era primordial que la madre aceptara que su hijo iba a repetir curso, para lo cual hicimos todo un trabajo cognitivo y emocional para que ella se librara de todas sus creencias sobre lo horrible que sería una repetición de curso para su hijo a todos los niveles. La aceptación de lo que nos da miedo es básica para desbloquear cualquier proceso.
  • A la vez trabajamos para que la madre percibiera a su hijo cómo libre de cualquier limitación o carencia, cómo un ser perfecto y completo, y por supuesto, sin ninguna de esas etiquetas diagnosticas que habían decretado sobre él. Esto se basa en que todos somos seres perfectos de Luz y lo que vemos no es la verdad del Ser.
  • También instruí a la madre para que cuando hablara con el equipo educativo mantuviese una visión alta sobre su hijo, les explicara que estaba yendo a terapia y pidiera que no lo agobiaran y le dieran un margen para el cambio. A la vez que empezaran a mantener sobre él una expectativa de logro en lugar de fracaso. Que lo trataran cómo a un niño normal y se olvidaran de la etiqueta diagnostica de TDHA.
  • Por otra parte, trabajamos con el niño para que empezara a controlar impulsos, centrar la atención, elevar su auto-estima y  mejorara su actitud y comportamiento en clase adaptándose en la medida de lo posible a las demandas del aula.

Tengo que decir que el trabajo con el equipo educativo fue el más difícil en un principio, pero que gracias al compromiso de la madre, finalmente los profesores colaboraron en el proceso cambiando su visión sobre el alumno y dando espacio con una nueva mirada para observar el cambio que se iba a producir.

Fueron meses de trabajo intenso, de confianza y certeza absoluta en que lo que estábamos haciendo daría sus frutos, aunque por el momento todo siguiera igual.

Poco a poco los profesores empezaron a reconocer el cambio en el comportamiento de su alumno, a la vez que empezaba a aprobar algunos exámenes, lo que por otra parte le reforzaba la autoestima e hizo que aumentase su motivación de logro.

La madre seguía peleando de vez en cuando con el equipo de profesores para que dejaran de estigmatizar a su hijo con una etiqueta que pesaba sobre sus resultados académicos y lo ahogaba a nivel de personalidad en lugar de ayudarlo. Tanto es así, que en un momento dado los profesores indagaron sobre mí. Querían saber quien era esa psicóloga que planteaba cosas tan locas. Pero resultó que una de las profesoras me conocía personalmente por haber dado clase a mis hijos, y dijo que yo era de fiar y que sabía lo que me hacía.

Por fin llegó el final de curso con la recogida de notas. El chaval logró promocionar con dos asignaturas pendientes. Y todos tuvimos que reconocer que el milagro que esperábamos y por el que tanto habíamos trabajado estaba delante de nuestros ojos. 

Por otra parte, el orientador del centro revisó la evaluación psicopedagógica y le levanto el diagnóstico de TDHA.

Todos tenemos el inmenso poder de moldear nuestra realidad, solo necesitamos saber cómo hacerlo.