La abeja

09.04.2021

Amo a los animales y me gustaría poder tener más relación con ellos. Me siento conectada, pero no lo suficiente...

Aunque es verdad que cuando veo su difícil destino a manos del hombre, que en lugar de tratarlos cómo lo que son, seres sintientes y  sensibles, compañeros de camino y muchas veces nuestros maestros, nos dedicamos a exterminarlos por pura diversión, a explotarlos por codicia, a sacrificarlos por puro egoísmo, se me parte el alma.

Muchas veces, viendo este sufrimiento inútil y sin sentido, medito para darles mi apoyo y por la noche vienen a mis sueños cómo para demostrarme que mi trabajo les llega. Tanto es así que a veces incluso paso un poco de miedo con tantos leones, osos y lobos durmiendo conmigo.

El otro día me llegó un artículo sobre coaching con caballos, me pareció una experiencia interesante e inicié una búsqueda para recoger información...una cosa llevó a la otra y acabé en una página de santuario de animales.

Me vi profundamente movida por sus historias a la vez que agradecida a esas personas que los cuidan y los reconocen cómo seres sensibles y merecedores de una vida digna. Personas que dedican su vida, su tiempo y sus recursos a recuperar su salud física y emocional y a darles un refugio en el que puedan vivir con dignidad lo el resto de sus días.

Mientras veía sus imágenes y leía sus historias llenas de dolor, lagrimas de emoción calentaban mis ojos,  al sentir su sufrimiento inútil y al  reconocer que todos, sin excepción, queremos vivir bien y ser felices.

Y en ese momento de conexión a la vez que de catarsis, una gran abeja entró por la ventana, se acercó a mi cara y se paseó varias veces cerca de ella.

Era una abeja espléndida, preciosa, de colores brillantes, coronada por sus antenas se veía majestuosa, grande para las que suele haber por aquí, pero no era un abejorro.

La miré, percibí claramente su vibración, su zumbido, su empatía, comprensión y reconocimiento. Al cabo de un momento le hice un suave gesto con la mano para que saliera de la cocina por la misma ventana por donde había entrado.

Pero la abeja o no entendió bien el gesto o no encontró el camino de vuelta y se encaminó a la puerta que llevaba al resto de la casa...

Cuando observé su comprensible confusión, le dije sin moverme de la silla en la que estaba sentada mientras me tomaba un café: ¡no por ahí no, por la ventana!

La abeja, cómo si entendiese la indicación, se paró en ese mismo instante, dio media vuelta y salió directamente por la ventana por la que había entrado.

Mis ojos volvieron a inundarse de lagrimas, pero esta vez no pude evitar que rodasen por mis mejillas.

Y di mil gracias a la abeja, por mostrarme que mi vinculo con los animales es real, que no existe únicamente en sueños mientras estoy dormida.