Somos Uno

21.04.2021

El primer día que entró en mi sala de consulta ella estaba a punto de derrumbarse. Su estado emocional denotaba una tremenda ansiedad que sostenía por más de un año. Había intentado resolverlo de diversas maneras pero nada le había funcionado. Llegó a mi buscando una psicóloga diferente, en concreto una psicóloga del alma. Desde la primera sesión el cambio en ella fue profundo. Poco a poco fue recobrando su centro, y desde este equilibrio interior que empezaba a sentir cada vez de una forma más clara, su vida se fue colocando, y la maraña de acontecimientos en los que había estado sumergida durante el larguísimo último año se fue desenredando.

Una vez que ella sintió que su vida ya no estaba patas arriba y que podía relajarse en la tranquilidad que había conquistado, no sin esfuerzo, nos despedimos temporalmente. Ella sabía que su trabajo espiritual no había terminado, pero como sus asuntos rodaban ya sin problema, decidió tomarse un descanso de las sesiones.

Pasaron un par de meses cuando volví a tener noticias suyas. Ella estaba al otro lado del teléfono con un estado de intranquilidad muy similar a la vez anterior. Ahora por un tema de su árbol familiar muy complicado. El trabajo de nuevo volvió a ser arduo, las sesiones eran muy emocionales y había mucha limpieza y catarsis en cada una de ellas antes de que se pudiera poner un poco de conciencia sobre la situación que permitiese dar un enfoque distinto a la cuestión.

Tal era la carga que mi clienta soportaba sobre sus hombros, la de todos sus ancestros, que en un momento dado tiró la toalla y abandono las sesiones.

Tras unas semanas sin saber de ella volvimos a recuperar el trabajo. Se había tomado un tiempo para colocar e interiorizar todo esto que desde su punto de vista le venía grande. Ella no entendía porque le pasaba todo lo que le estaba pasando con su familia, era incapaz de aceptar lo que la vida le planteaba, como un reto y una oportunidad de crecimiento.

Este fue el nuevo enfoque de las sesiones, más que intentar resolver nada, aceptar el proceso, ver la información que había para ella en todo este lio familiar, el trabajo evolutivo que le estaba pidiendo la situación. Y a la vez ir tomando conciencia de que los actores son mi espejo, que todo somos Uno y lo mismo, que nada es bueno ni malo, que todo es perfecto y es como tiene que ser.

Poco a poco iba sintiendo algo de mejoría en su forma de percibir su realidad, aunque la familia seguía con comportamientos similares hacía ella.

Pero en un momento dado se dio cuenta de algo muy sutil pero no por esto menos importante. Un día se hizo consciente de que los problemas de hipertensión de su padre habían desaparecido, que ya no necesitaba tomar la pastilla para la tensión que tomaba desde hacía años. Y que su madre ya no sufría de las lipotimias que la dejaban ausente de forma tan frecuente.

Mi clienta pudo experimentar en su propio árbol genealógico, en los últimos eslabones de su cadena, todo el trabajo que ella llevaba haciendo, por el que a veces se desesperaba porque pensaba que no daba frutos. A la vez que experimento esa verdad tan difícil de asimilar, que todos somos uno.

Somos una Unidad de Conciencia, somos Uno, y todo lo que hacemos repercute en el Todo, y más concretamente se manifiesta en aquellas partes del todo que están más cerca de nuestra conciencia, que tocan nuestra conciencia. En la Unidad del Ser, lo que hacemos por uno, lo hacemos por todos.

Y así mi clienta pudo comprender la profundidad del trabajo que estaba llevando a cabo y la importancia de este más allá de su propia persona.